Hablar del AC Milan es hablar de historia, de respeto y de
grandeza. Todos saben que el club más ganador de la Champions League es el Real
Madrid, sin embargo, no ocurre así con el segundo máximo ganador del torneo: el
Milan.
Con siete “orejonas” en su haber, el club milanista es toda
una leyenda y un equipo que inspira profundo respeto, tanto en el Viejo
Continente como en todo el planeta; pero la actualidad del club se encuentra
muy alejada de lo que manda y exige su gloriosa historia. Hablar del Milan
actualmente es hablar de un equipo que se encuentra en la décima posición de la
Serie A, a más de 30 puntos de distancia del líder; es hablar de un equipo “rancio”,
desangelado y “viejo”; una plantilla carente de personalidad y temple; y
finalmente, de un club cuyo dueño, aquejado de miles de problemas, está
buscando venderlo al mejor postor.
Entristece de suma manera observar que un club con tanta
historia se encuentre en tal decadencia: sin ninguna posibilidad de ganar
trofeo doméstico alguno, casi eliminado de la Champions y con una latente posibilidad
de quedar excluido de jugar competición europea alguna en la próxima temporada.
Pero quizá lo que más entristece es repasar los nombres que
componen su plantilla: Cristian Zapata, Matías Silvestre, Kévin Constant, Urby
Emanuelson, Sulley Muntari, Valter Birsa, Adel Taarabt, Robinho… Jugadores
todos, lejos, lejísimos, de ser los mejores del mundo; y lo digo porque
precisamente Il Diávolo siempre se ha
caracterizado por tener plantillas conformadas por varios de los jugadores de
élite a nivel mundial.
Futbolistas como Schiaffino, José Altafini, Gianni Rivera,
Gunnar Nordahl, Nils Liedholm, Gunnar Gren, Ruud Gullit, Franck Rijkaard, Marco
Van Basten, Franco Baresi, Paolo Maldini, Alessandro Nesta, Andriy Shevchenko,
Filippo Inzaghi y Kaká, entre varios
más, se encargaron de escribir con letras doradas la historia de éste club. Se
cansaron de ganar partidos, títulos y adeptos; reconocidos no sólo por sus seguidores,
sino también por sus rivales.
Ser del AC Milan era sinónimo de ser un jugador con una
enorme personalidad, y llegar a ser capitán de la escuadra rossonera era toda una hazaña que significaba ser reconocido por todo
el mundo futbolístico, al menos así lo han hecho ver los grandes personajes que
han portado tal distinción, como Franco Baresi, Paolo Maldini, Alessandro Nesta
y Gennaro Gattuso. Jugadores idolatrados e intachables, a quienes los rivales
respetaban tanto como a sus propios compañeros de equipo.
EL Milan actual es una caricatura de aquél gran equipo de
Arrigo Sacchi, o incluso de aquél de Carlo Ancelotti que ganó la última “orejona”
del club en 2007. Opacado en el ámbito local por una Juventus que arrasa desde
hace un par de años, y en el internacional por clubes alemanes y españoles,
contra quienes precisamente ha ganado varios de sus títulos internacionales.
Se trata pues de un gigante herido, herido profundamente por
lanzas ajenas al ámbito deportivo. Su dueño se ha encargado de desarmarlo con
la misma facilidad con la que lo armó cuando asumió su control, sin importarle
las consecuencias de sus actos, se ha desprendido de jugadores como Zlatan
Ibrahimovic y Thiago Silva en las últimas campañas. Mismo dueño que se ha visto
envuelto en múltiples escándalos y que ahora pareciera desesperado por
desprenderse del club.
Lo mejor sería terminar la relación, la escuadra italiana
estaría mejor en otras manos, unas que lo quieran, que lo amen, que estén al
tanto de lo que es el club y que respeten su historia, asimismo que deseen
fervientemente regresarle esa aura de imbatibilidad, de respeto y, sobretodo,
esa personalidad tan característica de los rossoneros.
El club necesita un cambio de tal magnitud, su historia lo exige, sus
aficionados lo demandan, sus rivales lo esperan… el destino lo reclama.
